asasinato

Un asesinato con aire de Londres

Lápiz y Tinta

Decidió que aquella noche de agosto en la que no podía dormir sería la más adecuada. Y como si el destino se hubiese puesto de su parte, una intensa niebla bajó para rodear Madrid.

Eligió un vestido seleccionado para la ocasión, estilo polisón, y hasta encontró un sombrero que combinaba perfectamente.

Lo esperó, al final de su calle, esquina San Bernardo, a la hora en que sabía que bajaría a por su gin tonic, frío, con limón. Y él, como advertido por algún tipo de presentimiento, decidió vestirse con gabardina corte siglo XIX y sombrero de copa alta.

Se encontraron cuando en el reloj sonaban las 11 y se sonrieron sin sospechas. Se imaginó la escena perfecta, la dibujó en su memoria para siempre y sin dudarlo lo asesinó. Firmemente, con la certeza de que ahora ya no podría volver a mentirle nunca. Nadie los vio, nadie los oyó y aunque en un principio había pensado en deshacerse del cadáver, decidió que la soledad de la noche era lo único que se merecía. Se marchó y tan solo tuvo la delicadeza de girarse un instante antes de abandonar la ciudad para contemplar su victoria.

Con el paso del tiempo, lo único que lamentó de toda aquella escena fue el haberse olvidado de dibujar el olor del mar.